Lo que un destino MICE puede contar y a veces olvidamos

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Madrid y Barcelona seguirán siendo en muchas quinielas por razones evidentes: conectividad, grandes recintos, planta hotelera y marca internacional. Pero el mapa MICE se está leyendo con más amplitud. Granada, A Coruña, Córdoba, Girona, Oviedo, Logroño, Cáceres, Toledo, Jerez, San Sebastián o Santander pueden entrar en la conversación desde otro lugar: la identidad, la escala, el entorno, la gastronomía, el patrimonio, el mar, la cultura local o esa sensación de estar viviendo algo que no podría copiarse igual en otra ciudad.
Antes de elegir destino, hay que entender el evento
No todos los eventos necesitan lo mismo. Un congreso médico puede buscar accesibilidad, infraestructura y red académica. Un incentivo quizá necesita sorpresa, paisaje y experiencias memorables. Una convención interna puede pedir calma, cohesión y espacios que ayuden a conversar. Una presentación de producto necesita un contexto que acompañe el relato de marca, sus valores y la forma en la que quiere ser recordada.
Por eso, valorar un destino no debería empezar solo por cuántas personas caben en un auditorio. Primero habría que preguntarse qué queremos que pase allí. Qué sensación queremos provocar, qué mensaje queremos reforzar o qué recuerdo debería llevarse el asistente cuando vuelva a casa.
El relato también se audita
Ahí aparece una segunda capa: el relato del destino. Y no hablamos de poner una foto bonita en una presentación. Hablamos de entender qué hace especial a ese lugar y cómo puede entrar en la experiencia.
Granada puede hablar de patrimonio, universidad, cultura, barrios con vida, artesanía, miradores y una escala muy humana. A Coruña puede jugar con el Atlántico, el diseño, el puerto, la gastronomía, la luz, la tecnología y una identidad menos esperada para muchos asistentes. Sevilla puede aportar clima, espacios históricos, creatividad, hospitalidad y una forma muy reconocible de ocupar la ciudad. Málaga puede sumar transformación, cultura, tecnología, costa y conexión internacional. Cada destino tiene una historia posible. La diferencia está en saber si esa historia encaja con el evento o se queda en un argumento bonito de promoción.




Del dossier a la experiencia real
El gran reto está en bajar ese relato a tierra. Si un destino se presenta como gastronomía debería aparecer en la agenda de verdad: en un show cooking con producto local, en una cena diseñada con cocineros del territorio, en una visita a un mercado, en una escuela de cocina o incluso en esa receta familiar que todo el mundo de la zona reconoce como propia.
Si un destino habla de creatividad, tendría sentido contar con su talento local: una escuela de diseño, un museo, un estudio de arquitectura, artesanos contemporáneos, artistas urbanos, músicos de la ciudad o creadores que puedan aportar una mirada menos esperada al programa.
Si defiende sostenibilidad, la experiencia también debería notarse ahí: movilidad a pie cuando sea posible, proveedores cercanos, producto de proximidad, materiales reutilizables, espacios conectados con la transformación urbana o visitas a proyectos locales que expliquen cómo ese destino está pensando su futuro.
El destino entra en el evento a través de decisiones muy concretas: la sede elegida, el recorrido entre actividades, el coffee, la cena, el regalo, los traslados, la música, la agenda, los proveedores, los tiempos y hasta la forma de recibir a los asistentes.
Pero también entra por algo menos tangible y muy poderoso: su historia. Una leyenda local, una tradición reinterpretada, una figura histórica, una antigua fábrica, una muralla, un puerto, una plaza, un barrio, una canción, una forma de hablar, una costumbre o una memoria compartida pueden convertirse en hilo conductor del evento. No todo el storytelling tiene que ser moderno, tecnológico o diseñado desde cero. A veces ya estaba ahí, esperando a ser reinterpretado de otra manera.
Esto solo podía pasar aquí
Quizá el destino más interesante no sea siempre el más obvio. Puede ser el que mejor entiende el objetivo del evento y consigue convertirse en parte de la experiencia. La pregunta no debería ser solo dónde celebrarlo, sino por qué ahí. Y cuando un destino consigue responderla bien, deja de ser una ubicación para convertirse en argumento.






