La espicha inventó el networking antes de que lo llamáramos así

Compartir noticia
Escuchar
Primero, ¿qué es exactamente una espicha?
Para entenderla hay que entrar en un llagar. Tradicionalmente, «espichar» consistía en abrir el tonel para probar la sidra nueva y, con el tiempo, la palabra terminó dando nombre también a la reunión que se organizaba alrededor de esa degustación.
A simple vista puede parecer una comida informal, pero la espicha tiene sus propios códigos.
La sidra puede degustarse directamente del tonel, una de las prácticas más vinculadas a esta tradición, aunque también se sirve en botella y se escancia. Todo ello acompañado de gastronomía asturiana y de un ambiente distendido que invita a relacionarse.
Tradicionalmente, la espicha se disfruta de pie, compartiendo comida y sidra, lo que facilita moverse y conversar con distintas personas. No es una comida pensada para permanecer toda la velada junto a los mismos comensales. Uno se acerca a por algo de comer, se incorpora a otra conversación y termina tomando un culín mientras charla con alguien que unos minutos antes estaba al otro lado del llagar.
¿Nos suena de algo?
Es precisamente esa dinámica la que hace interesante trasladar la espicha al terreno de los eventos profesionales. En lugar de programar el networking como un momento independiente, la propia tradición genera las condiciones para que ocurra.


El networking empieza con un culín
Hay algo especialmente útil para un evento en el ritual de la sidra: invita a prestar atención a los demás.
El escanciado comienza levantando la botella por encima de la cabeza mientras el vaso permanece abajo. Cuando el chorro rompe contra el borde del vaso, se libera parte del carbónico natural de la sidra y se realzan sus aromas y su sabor. Por eso el culín se bebe recién escanciado.
Y aunque la sidra del tonel tiene su propio protagonismo en una espicha, el escanciado también forma parte de la experiencia. Alguien escancia, se sirve un culín, llega el siguiente turno y la conversación continúa. El ritual introduce pequeñas interacciones de manera natural, sin necesidad de pedir a los asistentes que participen en una dinámica preparada específicamente para conocerse.
En términos MICE, podríamos decir que el formato ayuda a evitar uno de los grandes enemigos del networking: pasar toda la actividad hablando únicamente con las dos personas que ya conocíamos.


Un llagar también cuenta Asturias
El espacio forma parte de la experiencia. Los llagares mezclan grandes toneles de madera, herrajes y depósitos de acero con una estética que habla de la evolución de la propia producción sidrera.
Porque la sidra no explica únicamente el paisaje asturiano de las pumaradas. También tiene una dimensión industrial y social. Los chigres, las tabernas tradicionales asturianas, han sido espacios de encuentro y conversación, estrechamente ligados a la vida social de Asturias.
Esa cultura continúa presente en los espacios donde se produce y se consume. De hecho, en 2024 la cultura sidrera asturiana fue incorporada a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. El reconocimiento no se limita a la elaboración de la bebida: también contempla el escanciado y las prácticas sociales desarrolladas alrededor de ella.
Para un grupo profesional, por tanto, organizar una espicha en un llagar permite sumar varias capas a una misma actividad: gastronomía, patrimonio, espacio y encuentro.

Aquí la gastronomía tampoco entiende de protocolos
La sidra necesita algo que la acompañe. Y en una espicha eso significa platos para compartir: tortilla, chorizos a la sidra, lacón, empanada, embutidos y, por supuesto, quesos.
Asturias tiene aquí bastante donde elegir. Entre los más reconocibles está el Cabrales, madurado en cuevas naturales de los Picos de Europa, con su característica pasta recorrida por vetas verdeazuladas y un sabor intenso que encuentra contrapunto en la acidez de la sidra.
También el Gamonéu, con una corteza marcada por el ahumado y una pasta firme que se vuelve más mantecosa en boca. Dos productos que permiten incorporar a la actividad otra posibilidad habitual en los programas de incentivo: convertir la gastronomía local en una experiencia y no simplemente en el menú de una comida.
Una cata de quesos, aprender a escanciar o visitar un llagar para conocer cómo se elabora la sidra pueden complementar la espicha y aportar un componente participativo a la actividad.


Tradición sí, pero viva
Que exista un ritual no significa que todas las espichas tengan que ser iguales. Y esa flexibilidad también juega a su favor como propuesta para grupos MICE.
La experiencia puede plantearse como un encuentro breve al finalizar una jornada de reuniones o convertirse en una actividad más completa dentro de un programa de incentivo. El número de participantes, el tiempo disponible y el perfil del grupo permiten ajustar el formato, dando más peso a la parte gastronómica, cultural o social según los objetivos del evento.
Lo interesante es que, independientemente de cómo se organice, la espicha mantiene su esencia y permite acercarse a una tradición que sigue muy presente en la vida asturiana.
Quizá por eso funciona tan bien como experiencia de grupo. A una espicha le hace falta poco: sidra, comida y gente con ganas de quedarse. Y, muchas veces, de ahí salen las mejores conversaciones.






