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Cuando la Super Bowl habló en español 

Cuando la Super Bowl habló en español 

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Nati Verdugo
Un show íntegramente en español que convirtió el mayor escenario del entretenimiento global en una declaración, de identidad, cultura y pertenencia latina. Decir que el show de medio tiempo de Benito Antonio Martínez Ocasio —Bad Bunny— fue toda una declaración de intenciones es, sencillamente, quedarse corta.

En un contexto político especialmente tenso en Estados Unidos, marcado por el debate migratorio, la polarización social y la redefinición de la identidad nacional, la Super Bowl —el mayor escaparate mediático del país— se convirtió durante unos minutos en algo más que un espectáculo deportivo: en un posicionamiento cultural claro y contundente. 

Un show interpretado íntegramente en español, sin concesiones ni traducciones, que puso en el centro no a una estrella individual, sino a toda una comunidad. Porque si algo ha quedado claro esta noche es que el verdadero protagonista no fue Bad Bunny, sino la cultura latina en su sentido más amplio. 

Un retrato colectivo sobre el mayor escenario del mundo 

La puesta en escena funcionó como un retrato total: ancianos jugando al dominó, referencias a las telenovelas, manicuristas, puestos de comida callejera, códigos visuales y cotidianos reconocibles para millones de personas que rara vez se ven reflejadas en un escenario de esta magnitud. No era folclore edulcorado, era identidad vivida. 

Uno de los momentos más simbólicos llegó cuando Benito entregó su Grammy al Álbum del Año a su yo de niño: un gesto cargado de significado. 

El contraste llegó con la aparición de Lady Gaga, uno de los mayores iconos de la industria musical estadounidense. Su presencia, envuelta en los colores de la bandera, funcionó casi como un contrapunto narrativo: la América institucional frente a la América diversa, la tradición frente a la transformación. No una confrontación, sino una convivencia simbólica en el mismo escenario. 

La aparición de figuras icónicas como Ricky Martin reforzó esa idea de legado y continuidad, de una cultura que lleva décadas influyendo en la industria musical global. 

Cuando el escenario está vivo 

El gran “campo” que dominó visualmente el espectáculo no era una escenografía tradicional, sino un dispositivo humano en movimiento. Lejos de estructuras rígidas o elementos decorativos, el paisaje se construyó a partir de personas coordinadas al milímetro, convirtiendo el cuerpo humano en parte activa del diseño escénico.  

Desde el punto de vista técnico, la apuesta elevó considerablemente la complejidad del show: sincronización absoluta, control de tiempos, resistencia física y una ejecución sin margen de error en un entorno de máxima exposición mediática. Una decisión creativa que demuestra cómo, en el medio tiempo del Súper Tazón, la escenografía ya no se monta solo con estructuras, sino también con coreografía, logística y precisión humana. 

Roc Nation y Rimas Entertainment se encargaron de la producción, haciendo realidad la visión del show junto a la directora creativa Harriet Cuddefor, el estudio de diseño Yellow Studio, la directora de arte Leticia León y las coreógrafas Charm La’Donna y Karina Ortiz.

Un cambio en tiempo récord 

Más allá del mensaje, el show volvió a demostrar por qué el medio tiempo de la Super Bowl es uno de los mayores retos técnicos del directo actual. La transformación del terreno de juego en escenario se ejecutó en tan solo siete minutos, mientras que el desmontaje y la vuelta al campo original se contemplaron en 6 minutos.  

Una operación milimétrica que implica a cientos de profesionales trabajando de forma sincronizada: técnicos, regidores, producción, runners y seguridad. Aquí no hay margen de error. Cada segunda cuenta.  

Escala, tecnología y contexto

La actuación tuvo lugar en una edición, especialmente simbólica, la 60ª Super Bowl, el aniversario de diamante de la NFL, celebrada en el Levi’s Stadium de Santa Clara (California) ante más de 70.000 espectadores y retransmitida en Estado Unidos por la NBC.  

El evento volvió a demostrar su impacto más allá del espectáculo: las proyecciones del comité organizador estiman un impacto económico superior a los 1.000 millones de dólares. A esto se le suma la inversión de más de 200 millones de dólares realizada por el equipo, San Francisco 49ers. Incluyendo también la instalación de nuevas pantallas de vídeo de 4K. 

Tradición y transformación, en el mismo escenario 

También hubo espacio para lo personal y lo identitario. La aparición de la marca española Zara, luciendo una sudadera en homenaje al apellido, Ocasio, materno reforzó ese mensaje de raíces, de orgullo familiar, de memoria. Un recordatorio de que la identidad latina no es homogénea, sino múltiple, híbrida y profundamente emocional. 

El impacto más allá del estadio 

El alcance del espectáculo se extendió mucho más allá del directo televisivo. En menos de 24 horas, el show ha generado más de 2.5 millones de menciones en redes sociales.

Estamos ante uno de los shows de medio tiempo más vistos de la historia de la Super Bowl. Pero más allá de las cifras, lo relevante es el mensaje: la cultura latina no pide permiso, no traduce su discurso ni se diluye para encajar. Se muestra tal y como es, ocupando un espacio que también le pertenece.

Y quizá ahí radique la verdadera fuerza de este espectáculo: no fue una actuación diseñada para gustar a todos, sino una afirmación clara de presencia. En el mayor escenario posible.  

El mensaje final fue imposible de ignorar. Bad Bunny cerró el show nombrando a todos los países de América mientras alzaba un balón con la inscripción Together we are America. No era un lema: era una redefinición. América no es solo una bandera ni un idioma, es una suma de culturas que ya no pide permiso para ocupar el centro. Y esta noche, lo hizo en español, ante el mundo entero. Porque, como diría Benito: acho, PR es otra cosa.  

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