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La reunión eterna, el coffee corto y otros males del evento corporativo

La reunión eterna, el coffee corto y otros males del evento corporativo

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4 min. de lectura

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Nati Verdugo
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Puede que lo diga desde la mirada de alguien joven y recién llegada al sector. O precisamente por eso. Cuando empiezas a moverte por eventos corporativos, hay cosas que llaman la atención rápido: reuniones eternas, coffees que duran menos que la cola para coger el café, agendas sin aire, dinámicas que dan más pereza que la conversación y escenarios que podrían servir para cualquier marca cambiando solo el logo.Y claro, una se pregunta: si todo sabemos que hay formatos que cansan, ¿por qué seguimos usándolos como si fueran obligatorios?Puede que el evento corporativo no necesite reinventarse entero. A lo mejor solo necesita mirarse un poco al espejo, quitarse la corbata y preguntarse si de verdad todo lo que aparece en la escaleta está pensado para las personas que se sientan al otro lado.

Lleva tiempo intentando parecer menos corporativo. Se nota en los venues más cálidos, en las mesas compartidas, en la música, en la iluminación cuidada, en la estética más editorial y en esa obsesión, bastante lógica, de que una jornada de empresa no parezca una mañana atrapada dentro de un PowerPoint.

Pero el tema ya no va solo de quitar la moqueta gris. Va de revisar esas costumbres que seguimos heredando sin pensar demasiado.

La presentación como prueba de resistencia

La reunión o presentación sigue siendo la reina del evento corporativo: todo el mundo sentado mirando al frente, una pantalla enorme, una persona hablando y varias diapositivas que intentan decir demasiado a la vez.

El formato puede tener sentido, claro. El problema llega cuando se convierte en el idioma único del evento. Hora y media de intervenciones seguidas, mensajes parecidos, poca interacción y una audiencia que empieza escuchando con interés y acaba mirando el móvil con disimulo.

No es falta de educación. Es cansancio. Es atención saturada. Quizá habría que empezar a planear las reuniones como se planea un buen contenido: menos duración, más ritmo, más intención. Entrevistas, conversaciones reales, vídeos breves, demos, preguntas bien planteadas y menos diapositivas que parecen informes pegados en una pantalla.

Si una idea necesita 40 minutos para sostenerse, igual conviene mirarla dos veces.

Escuchar no es lo mismo que aprender 

Hay otra costumbre bastante instalada: pensar que un evento funciona porque alguien ha subido al escenario y ha soltado mucho contenido interesante. Pero escuchar una buena idea no significa haberla aprendido. Y mucho menos saber qué hacer con ella al día siguiente.

En muchos eventos, el tiempo para debatir, resolver un caso, trabajar en grupo o simplemente pensar dos minutos sobre lo que se acaba de escuchar es casi inexistente. Todo va tan seguido que el asistente pasa de una ponencia a otra sin tiempo para ordenar nada.

Y quizá no hace falta montar un gran taller con veinte moderadores. A veces podría bastar con algo mucho más sencillo: acabar una sesión y dejar dos minutos para que cada persona piense qué ideas se lleva y qué va a aplicar de verdad. Dos minutos. Papel, boli y una pregunta clara.

Porque lo que no se trabaja, no se aprende y lo que se aprende, no se olvida.

Coffees donde no da tiempo ni a terminar el café  

El coffee break es otro clásico. En teoría, es el momento de respirar, comentar la ponencia, conocer a alguien, ir al baño, responder un mensaje y volver con energía.

En la práctica, muchas veces dura 15 minutos y se convierte en una pequeña carrera: cola para el café, cola para algo de comer, saludo rápido a alguien conocido y vuelta a la sala porque ya empieza el siguiente bloque.

Luego en el programa pone “networking”. Pero para que haya conversación tiene que haber tiempo. Si el networking es importante, necesita espacio: pausas más largas, zonas cómodas, barras bien ubicadas y un ambiente que invite a quedarse. A veces el mejor momento del evento pasa en una mesa alta, con un café en la mano y una conversación que no estaba programada.

Agendas con miedo al silencio

Hay eventos que parecen diseñados con pánico a dejar un hueco libre. Bienvenida, ponencia, mesa redonda, coffee, otra ponencia, presentación de caso, comida, activación, cierre. Todo encajado al minuto, como si una agenda llena garantizara una experiencia mejor.

Pero muchas veces genera justo lo contrario: saturación, cansancio y esa sensación de que todo ha pasado demasiado rápido como para recordar algo de verdad.

Un evento también necesita aire. Momentos para moverse, bajar revoluciones, comentar o simplemente no recibir información durante cinco minutos. A veces quitar un bloque mejora más la experiencia que añadir otro ponente.

Networking que parece una actividad de campamento

Las dinámicas para romper el hielo tienen buena intención, pero algunas consiguen justo lo contrario: poner a la gente incómoda antes incluso de que empiece la conversación.

El networking funciona mejor cuando no parece una obligación. Cuando el espacio ayuda, la música está en el punto justo, la comida relaja y la agenda permite que las conversaciones aparezcan sin empujarlas tanto.

No todo tiene que ser una dinámica. A veces basta con diseñar bien el contexto.

Escenarios que vienen de fábrica

Hay eventos donde podría cambiar la empresa y seguirían siendo iguales: misma pantalla, misma tarima, misma luz fría, mismo atril, mismo photocall y logo al fondo. Todo está correcto. Y ese es precisamente el problema.

La puesta en escena también habla de la marca. No hace falta una gran producción para tener personalidad, pero sí intención: trabajar la luz, cambiar la disposición, cuidar los materiales, crear zonas distintas y usar el branding con más criterio. Muchas veces la marca se entiende mejor en los detalles que en una lona de tres metros.

Finales que llegan tarde

Muchos eventos guardan el mensaje importante para el final, justo cuando la audiencia ya está cansada. Llega el discurso de cierre, la foto, el agradecimiento institucional y esa sensación de que todo se alarga un poco más de la cuenta.

El cierre debería dejar buen sabor de boca, no ganas de salir rápido. Puede ser breve, visual, emocional o simplemente muy bien medido. La última sensación pesa mucho.

Quitar la corbata va de algo más que poner sofás

El evento corporativo se está transformando, sí. Pero hacerlo más cercano no va solo de elegir rooftop, poner una barra bonita o cambiar las sillas por butacas.

Va de revisar lo que seguimos haciendo por costumbre: presentaciones demasiado largas, coffees sin tiempo, dinámicas que no ayudan, agendas sin aire o escenarios que solo cuentan el nombre de la empresa.

Porque quizá el futuro del evento corporativo pasa por entender mejor cómo se comportan las personas cuando escuchan, comen, conversan, se cansan, se aburren o conectan de verdad.

Y ahí sí empieza a tener sentido quitarse la corbata.

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