El pingüino nihilista y cómo comunicar en tu evento
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Si has pasado algo de tiempo en redes sociales en los últimos meses, es muy probable que te hayas cruzado con él. El pingüino nihilista muestra un fragmento del documental Encounters at the End of the World (2007), dirigido por el peculiar cineasta alemán Werner Herzog. En la inmensidad blanca de la Antártida, una colonia de pingüinos se dirige instintivamente hacia el océano para alimentarse. Sin embargo, un pingüino solitario se detiene, se da la vuelta y comienza a caminar en dirección contraria. Un viaje de más de 5.000 kilómetros hacia la nada y, en consecuencia, hacia una muerte segura.
Mientras vemos al pequeño animal alejarse del grupo, la voz en off de Herzog le pregunta a un biólogo: «¿Existe la locura entre los pingüinos? ¿Pueden volverse locos y simplemente marcharse?».
Internet adoptó a este animal bautizándolo como el «pingüino nihilista» o el «pingüino deprimido». Los usuarios utilizan este clip (a menudo acompañado de música melancólica) para representar momentos de crisis existencial, el hartazgo absoluto, la sensación de ir contracorriente en el trabajo o, simplemente, ese estado mental de «abandonarlo todo y marchar hacia las montañas».
Lo brillante de este meme y lo que nos trae a este artículo, es que la ciencia nos dice que ese pingüino simplemente sufrió un fallo neurológico en su sistema de orientación. Sin embargo, gracias a las palabras de Herzog, nosotros no vemos un fallo biológico; vemos a un héroe trágico enfrentándose al absurdo de la existencia.
La teoría del encuadre
Para comenzar a centrar el objeto de este artículo, lo más importante es entender la teoría sobre la que se articula la concepción de la realidad en la construcción del mensaje: el Encuadre.
Esta teoría, iniciada por el sociólogo Erving Goffman y consolidada por investigadores como Robert Entman (1993), propone algo esencial: la forma en que se presenta la información influye directamente en cómo la procesamos. Encuadrar es seleccionar algunos aspectos de una realidad percibida y hacerlos más prominentes en un texto comunicativo. Imagina que miras a través de una ventana; según tu enfoque, puedes ver un bonito paisaje o tu cubo de basura a reventar. Ambas imágenes son reales, pero representan significados completamente opuestos para ti.
Con la realidad pasa lo mismo. Al usar palabras como «derrota», «gloria» o «destino» en lugar de «desorientación instintiva», el lenguaje selecciona y resalta una interpretación concreta. Así, el espectador deja de ver a un animal enfermo y empieza a ver a un héroe trágico.
Este conocimiento incide directamente en el poder que tienen todos los emisores de información, incluyéndote a ti en tu evento. Y como nos enseña el hombre araña, un gran poder conlleva una gran responsabilidad; principalmente, la de evitar la manipulación. Es un deber bidireccional: el emisor debe cuidar su mensaje éticamente, y el receptor debe comprender que lo transmitido no es una realidad absoluta, sino una suma de puntos de vista y su propia interpretación.
Antropomorfismo lingüístico y narrativa épica
Pero vayamos a lo que nos resuena. El poder de la palabra en los eventos radica en la humanización. Al aplicar conceptos éticos humanos a la etología (comportamiento animal), como hace Herzog con sus menciones a la «locura» o «el fin del mundo», el lenguaje anula el juicio crítico del espectador y genera una conexión mucho más fuerte.
De aquí extraemos un consejo: pon el foco en lo humano, haz épica tu comunicación. Al igual que no contratarías a un speaker cuyo tono sea aburrido y lineal, el contenido de lo que cuentas es una oportunidad única. La epicidad consciente (sin llegar a ser absurda) y la personificación de figuras que no son expresamente humanas pueden marcar la diferencia entre conectar y solo contar.
El encuadre del “Viaje del Héroe”
Aquí, la Teoría del Encuadre se une a la con la estructura mítica del Viaje del Héroe de Joseph Campbell. La justificación es simple y es que la mente humana no retiene datos, retiene historias.
Cuando asistes a un evento, tu cerebro racional está en alerta (calculando tiempos, costes, networking). Sin embargo, si el evento se «encuadra» bajo una narrativa épica (con un desafío monumental y una revelación final), el cerebro racional se relaja y entra en juego el emocional. El asistente empatizará con tu evento si se le presenta como una misión, igual que empatizamos con el «tormento existencial» del pingüino.
Para lograrlo, pueden aplicarse alguno de estos tres puntos:
- Antropomorfizar al «enemigo»: Toda narrativa épica necesita un antagonista, que suele ser un concepto abstracto (la inflación, la burocracia, la tecnología obsoleta o las malas relaciones entre compañeros). Dale atributos humanos a ese problema. Habla de «la tiranía de la rutina», «el hambre de los algoritmos» o «la miopía de nuestro sector». Esto hace que el problema sea tangible y derrotable.
- Renombrar la geografía del evento: La narrativa épica exige escenarios épicos. Al igual que Herzog no habla de «la Antártida» sino del «fin del mundo», los espacios del evento deben acompañar el lenguaje. No tienes una «Sala de descanso», tienes un «Refugio». No tienes un «Panel de expertos», tienes un «Cónclave». Siempre midiendo el tono para ser evocador, no infantil.
- La figura del asistente como «explorador»: El lenguaje de tus correos, invitaciones y la voz en off no debe tratar al público como «espectadores» pasivos, sino como sujetos activos que han decidido desviarse de la ruta cómoda para buscar respuestas más allá del horizonte conocido.
La neurociencia del storytelling
¿Por qué nos atrapa ese «gancho» del pingüino? Porque el cerebro reacciona de forma distinta ante datos fríos y narrativas.
El neuroeconomista Paul J. Zak lo demostró estudiando cómo las historias afectan nuestro comportamiento. En su famoso experimento clínico con un cortometraje dramático, descubrió que una narrativa bien estructurada desencadena la liberación de dos sustancias clave: cortisol (atención) y oxitocina (empatía). De hecho, el hallazgo más importante de Zak fue que la cantidad de oxitocina liberada predecía cuánto dinero donarían los participantes después a las asociaciones que contribuían a aliviar la problemática que presentaba el relato. La historia alteró su química cerebral provocando una acción directa.
Cuando una narración presenta un «conflicto» (el pingüino contra la naturaleza) y una «resolución imposible», el lenguaje épico secuestra la amígdala. Sentimos empatía por un comportamiento que, científicamente, es solo un fallo en los centros de orientación del animal. El objetivo no es disfrazar la realidad de fantasía, sino usar el encuadre adecuado para revelar la verdadera trascendencia de lo que hacemos. Si Herzog logró que sintiéramos el peso del universo en un pequeño pájaro caminando sobre el hielo, nosotros podemos (y debemos) lograr que nuestros asistentes sientan que las horas que invierten en nuestro evento tienen un propósito mayor, casi vital.


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