La cocaína ya no parece una droga marginal. Parece una extensión del networking

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Durante años hemos seguido imaginando la cocaína desde una estética muy concreta: noche cutre, baño de discoteca, vida desordenada, marginalidad, alguien que “se ha perdido”. Esa imagen todavía existe, claro, pero empieza a quedarse bastante corta para entender lo que está pasando. Porque una parte importante del consumo actual no aparece con esa pinta de desastre evidente. Aparece en cenas de empresa, festivales, afterworks, pisos compartidos, despedidas, bodas, turnos eternos, eventos, viajes con amigos, cuerpos de gimnasio y agendas de gente que al día siguiente sigue respondiendo correos como si nada.
Ese es precisamente el problema: que la cocaína, cuando se mezcla con vida social, trabajo, rendimiento y cierta apariencia de control, tarda mucho más en parecer grave. Si alguien consume heroína, el imaginario se activa rápido. Si alguien bebe cada día, quizá todavía hay margen para llamarlo “costumbre”, pero al menos hay una sospecha más reconocible. Con la cocaína pasa algo bastante más tramposo: durante mucho tiempo puede parecer una ayuda puntual, una forma de alargar la noche, estar más despierto, hablar más, aguantar más, ligar más, rendir más o no quedarse fuera de un grupo donde todo el mundo actúa como si fuera normal.
El consumo funcional es muy cómodo para todos
La cocaína se ha colado en una zona social rarísima: no siempre se ve como una droga “de perder la vida”, sino como una sustancia de gente que supuestamente sigue teniendo vida. Hay personas con trabajo, pareja, vida social, gimnasio, vacaciones, LinkedIn actualizado y conversaciones muy sensatas sobre salud mental que llevan años integrando el consumo en su rutina sin nombrarlo como problema. Y mientras la persona no se caiga del todo, el entorno suele colaborar bastante con el autoengaño.
Esto es incómodo porque nos obliga a admitir algo: muchas veces no nos preocupa tanto el consumo como sus consecuencias visibles. Si alguien consume pero trabaja, paga, sale, sonríe, responde y no da demasiados problemas, el entorno puede tardar muchísimo en reaccionar. Se llama “fiesta”, “desfase”, “un finde tonto”, “época de estrés” o “lo normal en este ambiente”. Nadie quiere ponerse intenso cuando la sustancia todavía viene envuelta en buen rollo, risas, copas caras y gente diciendo que lo tiene controlado.
La baja percepción de riesgo no sale de la nada
No es casualidad que muchas personas empiecen con un consumo recreativo y de fin de semana y acaben, años después, en un patrón mucho más solitario, más frecuente y bastante menos divertido. Al principio la cocaína puede venir asociada a momentos muy concretos: salir, celebrar, estar con cierta gente, cerrar una semana dura, aguantar una noche larga. El problema es que algunas sustancias tienen una habilidad especial para moverse de sitio dentro de la vida de una persona. Lo que empieza siendo “solo cuando salgo” puede acabar siendo “solo cuando estoy muy cansado”, luego “solo cuando tengo ansiedad”, después “solo para arrancar” y finalmente “solo para poder funcionar”.
Ahí es donde el relato social se rompe. Porque la cocaína se vende muy bien como droga de control, pero muchas veces acaba organizando la vida alrededor de ella. No siempre de golpe, no siempre con una escena dramática, no siempre con una ruina inmediata. A veces lo hace poco a poco, en silencio, con excusas razonables y con una cantidad enorme de energía dedicada a calcular cuándo, con quién, cuánto, cómo esconderlo, cómo compensar al día siguiente y cómo seguir pareciendo la misma persona de antes.
No es solo fiesta, también es rendimiento
Una de las partes menos comentadas es que la cocaína encaja demasiado bien con una cultura que ya venía enferma de rendimiento. No aparece solo porque la gente quiera pasarlo bien, sino también porque muchas personas viven cansadas, exigidas, hiperdisponibles y con la sensación de que tienen que estar siempre a la altura. En ese contexto, una sustancia que promete energía, seguridad, sociabilidad y sensación de poder puede entrar con una facilidad brutal.
Por eso me parece pobre hablar de cocaína solo desde el “vicio” o desde la imagen moral de quien busca exceso. A veces hay exceso, sí. A veces hay irresponsabilidad, también. Pero muchas veces hay algo más feo y más moderno: gente que no sabe parar, que no sabe descansar, que tiene miedo a no rendir, que necesita sostener una personalidad pública, que confunde intensidad con vida y que encuentra en la sustancia una forma rápida de no sentirse tan agotada, tan insegura o tan fuera de sitio.
El problema no es solo quien consume, también el ambiente que lo vuelve normal
Hay entornos donde decir que no consume nadie sería casi más raro que admitir lo contrario. Y esto no va de criminalizar la noche, los festivales, las cenas o el ocio adulto, sino de mirar de frente cómo algunos grupos construyen una normalidad donde la cocaína está ahí aunque nadie la nombre demasiado. Está en el baño, en el coche, en el mensaje discreto, en el amigo que “conoce a alguien”, en la broma, en el comentario de “solo hoy”, en la presión suave de no ser la persona que corta el rollo.
La normalización no siempre parece una apología explícita. A veces es simplemente no mirar, no preguntar, no incomodarse, reír la gracia, seguir la noche y aceptar que ciertas sustancias forman parte del pack social de algunas edades, profesiones o ambientes. Y cuando algo se vuelve tan normal que parece exagerado señalarlo, ya tenemos un problema bastante serio.
La imagen del “yonki” nos está dejando ciegos
La palabra es fea, pero precisamente por eso hay que nombrarla. Seguimos usando una imagen muy vieja de la persona con adicción, y esa imagen permite que mucha gente no se reconozca nunca en el problema. Si tienes trabajo, si vas al gimnasio, si viajas, si tienes pareja, si no has perdido la casa, si no consumes todos los días, si tu entorno también lo hace, si nadie te ha sentado todavía para decirte que está preocupado, es muy fácil pensar que lo tuyo no cuenta.
Pero una adicción no empieza a existir solo cuando la vida explota. A veces empieza mucho antes, cuando la persona empieza a negociar consigo misma, a mentir un poco, a bajar criterios, a necesitarlo más de lo que quiere admitir o a notar que sin eso ciertos planes, ciertos estados de ánimo o ciertas versiones de sí misma ya no salen igual. El problema no es tocar fondo; el problema es que a veces construimos un fondo muy profundo antes de aceptar que estamos cayendo.
Para reflexionar
Quizá la cocaína se está normalizando porque ya no encaja con la imagen cutre que teníamos de ella. Nos cuesta más verla cuando aparece vestida de ocio adulto, rendimiento, contactos, cenas, festivales, negocios, gente funcional y conversaciones de baño donde todo el mundo actúa como si fuera una anécdota. Pero que algo parezca integrado no significa que sea inocente. A veces solo significa que hemos aprendido a mirar hacia otro lado con más elegancia.
Y ahí está la pregunta que deberíamos hacernos con menos superioridad moral y más honestidad: ¿estamos detectando tarde los problemas con la cocaína porque han cambiado los consumos, o porque seguimos esperando que una adicción tenga peor pinta para tomárnosla en serio?
En La columna de las adicciones quiero hablar también de esto: de las adicciones que no se parecen al tópico, de los consumos que se esconden detrás de la vida funcional y de esa normalidad tan cómoda que, precisamente por cómoda, llega tarde a casi todo.





