Sónar 2026, cuando cambiar de recinto significa rediseñar una experiencia

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Muchas veces atribuimos la personalidad de un evento al recinto que lo acoge. En realidad, ocurre justo al revés. Son los organizadores quienes, edición tras edición, dotan de significado a un espacio mediante la programación, los recorridos, los puntos de encuentro o los momentos de transición hasta que, con el tiempo, el público deja de ver un edificio y empieza a reconocer una experiencia.
El recinto de plaza de España en Barcelona, donde durante años convivieron Sónar de Día y Sónar+D, está inmerso en una profunda transformación y el festival ha tenido que replantear completamente su distribución. La solución ha sido mantener Sónar de Noche en Fira Gran Via, trasladar allí también Sónar de Día y ubicar Sónar+D en la Llotja de Mar, un extraordinario edificio histórico en pleno centro de Barcelona.

Foto Roman Yñane
Y este radical cambio de sedes y de configuraciones, lógicamente ha cambiado la manera de vivir el festival. Hasta ahora, Sónar de Día no era únicamente una franja horaria del programa. Era una experiencia con identidad propia, que enraizaba el festival con la ciudad y que se configuraba en multitud de pabellones de la antigua feria de Barcelona en torno a una gran plaza al aire libre, donde se ubicaba el escenario principal, así como las zonas de activaciones de las varias marcas, varias barras, zona VIP, zona de descanso. La disposición te llevaba a moverte de un escenario a otro para descubrir artistas, recorrer instalaciones (Sonar+D se ubicaba en el mismo recinto), conversar, comer tranquilamente, encontrarte con colegas o simplemente bailar al aire libre viendo como cae el sol de junio.
Y al caer la noche llegaba el cambio de ritmo. El desplazamiento hacia Sónar de Noche marcaba casi una transición emocional. El ambiente cambiaba, el protagonismo pasaba a los grandes escenarios, la noche, la potencia sonora y el festival adquiría otra intensidad.
No eran simplemente dos recintos. Eran dos maneras distintas de vivir un mismo evento.

Foto Nerea Coll
Juntando los eventos de día y de noche en una misma ubicación ha diluido el evento de día. La convivencia funciona desde un punto de vista operativo, pero se ha perdido el carácter local y social del Sónar Dia que gustaba tanto.
En cuanto al Sónar+D, hasta 2025 aprovechó la ubicación junto al festival de día para usarlo como caja de resonancia. Las fronteras entre música, innovación y vida social prácticamente desaparecían gracias al uso del recinto
Hoy Sónar+D sigue siendo un producto muy sólido, pero ha dejado de formar parte de ese recorrido natural. Ya no se integra espontáneamente en la experiencia del festival, sino que requiere un desplazamiento y una decisión consciente por parte del asistente.
Y ahí aparece una reflexión que, en mi opinión, trasciende el caso de Sónar. Los organizadores solemos hablar mucho de contenidos, de producción, de creatividad o de tecnología. Pero quizá prestamos menos atención al papel que desempeña el propio espacio en la construcción de la identidad de un evento.

Foto Charlotte de Witte
Un venue no es un simple contenedor sino que acaba formando parte del relato del evento y va a definirse a partir del uso que los organizadores planifiquen, y por supuesto, del que finalmente los asistentes lleven a cabo. Y con los años, en el caso de eventos recurrentes, se generan hábitos en la audiencia.
Los asistentes aprenden a vivir el evento a su manera. Se saben el plano de memoria, tienen sus propios rituales, entienden lo que va a pasar. Son dinámicas que no aparecen en el programa oficial, pero que los asistentes adoran y que sin duda, forman parte de la identidad del evento tanto como su marca o su programación.
Por eso creo que el caso de Sónar 2026 resulta especialmente interesante para quienes organizamos eventos. No porque el nuevo modelo sea mejor o peor que el anterior, sino porque demuestra hasta qué punto un cambio de espacios obliga a reconstruir una experiencia que durante años se había ido consolidando casi de forma orgánica.
Quizá dentro de unos años el nuevo Sónar genere sus propios recorridos, sus propios rituales y una nueva forma de vivir el festival. De hecho, sería lo lógico. Las grandes marcas evolucionan y las experiencias también. Ahí está el reto para los organizadores.



