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Arte, emociones y creatividad, una conversación con el Centro Botín

Arte, emociones y creatividad, una conversación con el Centro Botín

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Eric Mottard
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El Centro Botín es un centro de arte internacional con sede en Santander cuya misión es desarrollar la creatividad de las personas a través de las artes. Marina Pascual, directora de creatividad del centro, nos explica cómo las emociones y el arte son herramientas fundamentales para potenciar nuestra capacidad creativa.

¿Qué hace exactamente el área de creatividad del Centro Botín? 

En nuestro sector, la creatividad es un aspecto central y decisivo para nuestro éxito. Nuestros equipos creativos van siempre tras la novedad y, sobre todo, tras lo insólito. Tras lo que solo los humanos pueden dar, más allá de la aportación de la IA. Por ello, hoy te traemos un organismo que se enfoca en esta potetente herramienta del cerebro y la estudia a través de la ciencia, en conjunto con la Universidad de Yale. El Centro Botín es un centro de arte internacional con sede en Santander cuy a misión es desarrollar la creatividad de las personas a través de las artes. Marina Pascual, directora de creatividad del centro, nos explica cómo las emociones y el arte son herramientas fundamentales para potenciar nuestra capacidad creativa.

Lleváis tiempo colaborando con la Universidad de Yale en un proyecto de investigación sobre el papel de las emociones en la creatividad. ¿En qué consiste? 

Desde 2012, la Fundación Botín y el Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, que es un área que estudia concretamente la inteligencia emocional, se juntaron para estudiar el trinomio artes-emociones-creatividad. Es decir, cómo las artes pueden ayudarnos —en nuestra opinión, son el mejor vehículo— para desarrollar las habilidades emocionales y creativas. Creando libremente —y libremente es una palabra importante— sientes emociones que te hacen llevar a cabo procesos creativos en un marco psicológicamente seguro, porque estás en un centro de arte y lo que te pasa ahí no se extrapola hacia fuera. Desarrollando estos procesos creativos, aprendes dos cosas a la vez: desarrollas habilidades emocionales —autoconocimiento, regulación y demás— y desarrollas habilidades creativas que luego puedes poner en marcha en tu día a día. Las artes son para nosotros el vehículo que hace que esas dos piezas del mismo engranaje se desarrollen simultáneamente. Las utilizamos no porque los procesos creativos sean por y para artistas, sino porque son una herramienta que nos permite vivir emociones diferentes en un espacio psicológicamente seguro. Un ejemplo: tú ves una película y estás llorando porque está pasando algo horrible en la pantalla, o lees un libro, o estás creando una ficción. Cuando cierras ese libro, esa película, ese taller, todo lo que has vivido no lo has vivido realmente: no has estado en peligro, no te has ido a otra parte del mundo. Sin embargo, sí que te has conocido a ti mismo. 

Las artes son para nosotros el vehículo que hace que esas dos piezas del mismo engranaje se desarrollen simultáneamente. Las utilizamos no porque los procesos creativos sean por y para artistas, sino porque son una herramienta que nos permite vivir emociones diferentes en un espacio psicológicamente seguro.

La sorpresa es la emoción. En el proceso creativo pocas veces hablamos de ella. ¿Tiene un papel fundamental? 

Totalmente. Cualquier proceso creativo está plagado de emociones y son fundamentales para llevarlo a cabo. Pongamos un ejemplo muy cotidiano: abres la nevera a las ocho de la tarde, tienes medio tomate, un trozo de pollo y medio limón, y tienes que hacer la cena sin llamar a comida rápida. Lo primero que te entra es: «tendría que haber hecho la compra, qué mal». Ahí tienes una emoción: frustración. Luego piensas: «voy a hacerla porque soy capaz». Ahí tienes otra emoción distinta, cierta alegría, cierto orgullo. Te pones a hacerla y dices: «esto no le va a gustar a mi hijo por el tomate, el pollo, el limón…». Entras en incertidumbre e inseguridad. Otra emoción. Al final lo consigues y le ha gustado: tienes felicidad, incluso euforia. En ese proceso creativo tan cotidiano has pasado por diferentes emociones. 

Si no identificas esas emociones y sobre todo no las gestionas —primero identificar qué me está pasando, luego comprenderlo y gestionarlo para dar una respuesta adecuada— no pasas a la siguiente fase. Si no hubiéramos gestionado ese proceso creativo, nos frustramos y llamamos a comida rápida. Las emociones son nuestra brújula para movernos por el mundo. Lo importante del desarrollo de la inteligencia emocional es precisamente eso: identificar qué me pasa, comprender por qué me pasa, regular lo que me está pasando para dar una respuesta adecuada. 

¿Qué hay de los brainstormings clásicos? ¿No implican emoción? 

Tú siempre estás sintiendo una emoción, siempre. El proceso creativo tiene diferentes fases. La primera es analizar el reto que tienes delante. Cuanto más analices el reto, mejores soluciones obtendrás. Einstein decía que si tuviera una hora para solventar un problema, estaría cincuenta y nueve minutos analizándolo y uno dando la solución. Analizar el reto es mirarlo desde diferentes facetas. Imagínate que te dicen en el colegio de tus hijos: «tenemos un problema de aparcamiento». El problema real, ¿cuál es? ¿Que no tienes espacio para aparcar? ¿Que todas las clases empiezan a la misma hora y tienes un colapso de tráfico? ¿Que cada familia viene con un coche y hay un problema ecológico? Dependiendo de cuál sea el problema, la solución es una u otra. 

Una vez analizado el reto, generas ideas. Lo primero y lo ideal es el pensamiento divergente: generar muchas ideas, aunque sean absurdas, porque esas ideas absurdas nos llevarán a otras. Y el brainstorming es una de esas técnicas: lanzar ideas sin pasar por el filtro racional. Si lo haces en grupo, sí que hay una emoción; puede haber incluso euforia. Y en ese brainstorming lo interesante es, por un lado, generar las ideas y, por otro, que cada uno vea cómo se siente. 

Además, el brainstorming se puede hacer de muchas maneras: de forma individual, colectiva, o con algo que se llama rol storming, donde cada uno genera ideas desde un rol diferente —puedes ser el director, la secretaria, un superhéroe, un niño de cinco años, Maradona…—. Y hay una tercera versión que usamos mucho: el brainstorming emocional, donde generas ideas sintiendo miedo, o sintiendo alegría, o sintiendo envidia. Eso es un cambio de perspectiva muy potente. 

Analizar el reto es mirarlo desde diferentes facetas

¿Todo esto se puede aplicar también fuera del centro, en empresas o grupos? 

Sí, de hecho este taller —uno de los que hemos creado con Yale— lo hemos hecho con familias, con jóvenes, con adultos, con el público general del Centro Botín, pero también con muchos grupos privados y de empresas que quieren abordar un reto creativo concreto. Vienen, lo hacen, y se van con un montón de ideas muy trabajadas que luego pueden implementar. Muchas veces nos dicen: «en tres horas hemos avanzado más que en los meses que llevamos dándole vueltas a esto». Son metodologías sencillas, no hemos inventado la rueda, pero no son habituales. No utilizan tecnologías ni programas de ordenador complicados, al contrario: tiramos de nosotros mismos y de ser conscientes de la parte emocional. 

¿Qué papel ves a la inteligencia artificial en el reto de desarrollar la creatividad? 

Yo la utilizo para resumir cosas, buscar listados, hacer investigación rápida —necesito saber todas las personas que trabajan en este tema en España, o necesito un resumen de estos artículos—. Me parece muy potente para hacer tareas que antes nos requerían horas, días o semanas. Sin embargo, no me parece interesante para sustituir la creatividad humana. Creo que la inteligencia artificial se llama «inteligencia» de manera errónea, y creo que eso es lo que asusta realmente. Al final es una máquina de combinar datos y de probabilidad que nos escribe como si fuera una persona la que hay detrás. Hay que tener pensamiento crítico —que es otra de las habilidades creativas a desarrollar— para saber que no estás hablando con una persona. 

Hay que tener pensamiento crítico —que es otra de las habilidades creativas a desarrollar— para saber que no estás hablando con una persona. 

En ningún caso va a combinar conceptos, objetos, ideas o situaciones improbables, que es el motor de la creatividad. La creatividad se basa, sobre todo, en la combinación de cosas improbables para ofrecer soluciones originales. Eso es imposible que lo haga la inteligencia artificial. Y la otra cosa que le es imposible es emocionarse, por mucho que escriba con términos emocionales. Nunca se va a emocionar, con lo cual nunca va a poder llevar a cabo un proceso creativo como los que llevamos nosotros. Nuestras habilidades emocionales y creativas son insustituibles, y son lo que debemos potenciar sobre todo. La inteligencia artificial no nos debe asustar en ese aspecto. 

Esta entrevista forma parte de todo el conocimiento de nuestra última revista… ¡No te lo pierdas!

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